La semana pasada os mostraba los entresijos de Bajo el sol de medianoche, de Marisa Grey. La autora nos hablaba de la ambientación, de la documentación, la época... y yo os prometía que os traería lo mismo de una novela y épocas muy diferentes: la Viena y el Berlín de entreguerras, de la mano de Marisa Sicilia. Y, en este caso, también nos regala una escena de cortesía que os puede dar una idea de lo que vais a encontrar en El último baile.
En realidad, podéis haceros una imagen sobre lo que esconden sus páginas pero, si ya habéis leído antes a Marisa Sicilia, sabréis que la historia no estará exenta de sorpresas ni os dejará indiferentes.
El último baile es mucho más que una novela romántica histórica así que, cuando iniciéis su lectura, mantened el corazón y las emociones alerta.
En realidad, podéis haceros una imagen sobre lo que esconden sus páginas pero, si ya habéis leído antes a Marisa Sicilia, sabréis que la historia no estará exenta de sorpresas ni os dejará indiferentes.
El último baile es mucho más que una novela romántica histórica así que, cuando iniciéis su lectura, mantened el corazón y las emociones alerta.
El último baile - Marisa Sicilia
Viena, 1952
Andreas y Lilian se reencuentran inesperadamente en un café tras una larga separación. Mientras pasean juntos por el Prater, Lili recuerda su historia de amor con Andreas, su enamoramiento incondicional y juvenil, el primer desengaño, el fracaso en su intento de olvidarlo, la reconciliación y los años locos que vivieron juntos en el salvaje Berlín de entreguerras.
Recuerda cómo, a pesar de las separaciones y las distancias, nunca dejaron de amarse. Porque el de Lili y Andreas es uno de esos amores que perduran a través del tiempo y las pruebas.
Porque las verdaderas historias de amor nunca terminan.
Marisa, para ir ambientándonos, ¿cómo suena esta época?
La música que asocio a la novela es la misma que escuchaba mientras la escribía.
Para mí, Viena suena al Claro de luna de Debussy, a Gnossiennes y a Gymnopédie, de Erik Satie, que fueron compuestas a finales del siglo XIX, pero aún sonarían de fondo en los cafés vieneses. Tienen un tono evocador y nostálgico que le va muy bien, tanto a la época, como al estado de ánimo de Lilian durante esos años.
Berlín es otra cosa: desenfado, libertad, efervescencia... Música ligera y chispeante, como Ain´t She Sweet?, de Ben Bernie.
Hay un momento en la novela en el que Lili recuerda haberla bailado una noche un poco borrosa por culpa del champán.
(*Si pincháis en los títulos podéis tener la música de fondo)
¿Por qué elegiste el período de entreguerras (1919-1939) para tu novela?
Casi diría que fue el periodo el que me eligió y yo no hice nada por resistirme. Me atraen las épocas de cambio, de transformaciones. Cuando surgió la historia de Lilian y Andreas tenía claro que sería una relación que se alargaría en el tiempo y pasaría por muchos momentos distintos: el primer enamoramiento, una separación, el reencuentro justo en el instante oportuno… Desde el principio situé a los protagonistas en aquella época porque la evolución que sufrió la mentalidad se asemeja a la que experimentarán ellos.
La historia comienza con reminiscencias de la Viena imperial, con ese viejo mundo que ya da las boqueadas, y se despliega con toda la intensidad del Berlín descontrolado y excesivo de la república de Weimar. Era lo que necesitaba, lo que quería contar.
La historia comienza con reminiscencias de la Viena imperial, con ese viejo mundo que ya da las boqueadas, y se despliega con toda la intensidad del Berlín descontrolado y excesivo de la república de Weimar. Era lo que necesitaba, lo que quería contar.
¿Cómo hiciste para documentarte? ¿Cuáles han sido tus fuentes?

Lo que ocurre es que no puedes dar nada por hecho, necesitas contrastar. A veces estás convencida de algo y es precisamente cuando cometes un error.
Por eso traté de pisar terreno firme y busqué documentos gráficos sobre lugares, medios de transporte y prendas de vestir, artículos y biografías, discursos oficiales, información sobre hechos históricos que no aparecen en la novela o lo hacen solo de refilón, pero me hacían entender la situación y cómo debía ser el estado de ánimo de quienes los vivieron.
Y en cuanto a los libros que leí para ayudarme con el tono y la ambientación, o que había leído y en los que pensaba mientras escribía, están:
Una princesa en Berlín: Arthur R.G. SolmssemSe trata de una novela publicada en 1980 y centrada en los primeros años de la República de Weimar.
El autor retrata un Berlín asfixiado por las secuelas de la I Guerra Mundial, sumido en una profunda crisis de valores y que muestra los primeros síntomas de un mal que no tardaría en desencadenarse.

París era una fiesta: Ernest Hemingway.
Memorias de juventud que reflejan la añoranza del autor por aquella época inquieta y brillante en la que, al igual que Hemingway, muchos compartieron el deseo por apurar una vida que parecía dispuesta a darles todo lo que ambicionaban si tan solo se atrevían a cogerlo.

Adiós a Berlín: Christopher Isherwood.
La novela en la que se basó la película Cabaret.
Isherwood, que era inglés, vivió durante esos años en Berlín y tanto en el libro como en la película, Sally sigue siendo un personaje inolvidable y conmovedor.

La montaña mágica: Thomas Mann.
1914. Balneario de Davos. Lo mejor para saber cómo se pensaba y se actuaba en determinada época es leer a quien la vivió. Otra forma de entender el mundo y la literatura y un protagonista distinto a cualquier otro.
Siempre que recuerdo la novela pienso en Hans Castorp envuelto en una manta en su tumbona, respirando aire puro y esperando no sé sabe bien qué.

Henry y June: Anaïs Nin.
Más protagonistas de su tiempo. La pareja compuesta por el escritor norteamericano Henry Miller y su esposa June y la relación que mantuvieron con la propia Anaïs.
De nuevo transgresión, ruptura de tabúes, ansias de experimentación. Las viejas normas ya no sirven.

Hubo otros personajes reales con los que di durante el proceso de documentación y cuya vida fue igual de intensa y tanto o más interesante que la de cualquier novela. Me conmovió de un modo especial la escritora rusa, afincada en Francia, Irène Némirovsky.
Irène vivió esa juventud que todos identificamos con la época: fiestas, despreocupación, risas y champán… Y, sin embargo, y a pesar de su lucidez, se quedó para afrontar el terrible final que sobrevendría algunos años más tarde.
Mies van der Rohe, director de la Bauhaus y uno de los arquitectos más influyentes del siglo XX. Durante los primeros años del nazismo trató de convivir con los nuevos dirigentes, pero sus ideas vanguardistas no tenían encaje en la nueva Alemania y optó por exiliarse. Él y Albert Speer, otro arquitecto que sí colaboró con los nazis y llegó incluso a ocupar el cargo de ministro, me sirvieron de contrapunto para establecer las diferencias y semejanzas con Andreas.
Andreas también es arquitecto y ama su profesión. Esa dedicación, su éxito y su fracaso, supone una parte importante de la historia.

Por último, no quiero dejar de mencionar a Anita Berber, que es mucho menos conocida, pero tuvo una vida fascinante y extrema. Anita fue bailarina, actriz, modelo en revistas de moda, musa de los expresionistas, diva provocadora y adicta a las drogas.
Tuvo amoríos con hombres y mujeres, y murió enferma y aún joven después de haber tenido a sus pies a todo el Berlín más libertino y decadente. Cuando leáis la escena de la serpiente y la bailarina, acordaos de Anita.
¿Hasta qué punto la época ha condicionado el comportamiento de tus protagonistas?
Los ha condicionado por completo, tanto en su relación como en la evolución de los personajes. Andreas y Lilian se conocen desde siempre, sus familias tienen relación de amistad. Entre ellos siempre ha existido esa chispa, pero el mismo hecho de conocerse desde tan jóvenes, en un mundo que ofrece tantas posibilidades, las distintas expectativas…, todo contribuye a que se distancien. Pero precisamente porque el mundo está cambiando a pasos agigantados, sus circunstancias también lo harán. En especial las de Lili.
Al principio de la novela, sus aspiraciones son las que tradicionalmente se esperaban de cualquier mujer joven y sensata: casarse, amar y respetar a tu marido, tener hijos y vivir más o menos felices, pero juntos para siempre. Por supuesto, en todas las épocas hubo mujeres que se saltaron esas reglas, pero, hasta entonces, ese comportamiento tenía una dura sanción social. Es a partir de esos años cuando empiezan a aparecer cada vez más mujeres que no solo infringen las normas, sino que son admiradas y aplaudidas por ello. Lilian no pretendía ser una de esas mujeres rompedoras, pero no dudará en soltar los lazos cuando tenga que decidir entre las apariencias y seguir a su corazón, seguir a Andreas.
Vivirán años intensos, apasionados y revueltos. Traerán consigo costes. Tanto Lili como Andreas cambiarán y no todos los cambios serán a mejor. Solo una cosa permanecerá inalterable y es que de un modo u otro nunca dejarán de amarse. Esa es la historia que quería contar y espero que, cuando los conozcáis, también lo veáis así.
Al principio de la novela, sus aspiraciones son las que tradicionalmente se esperaban de cualquier mujer joven y sensata: casarse, amar y respetar a tu marido, tener hijos y vivir más o menos felices, pero juntos para siempre. Por supuesto, en todas las épocas hubo mujeres que se saltaron esas reglas, pero, hasta entonces, ese comportamiento tenía una dura sanción social. Es a partir de esos años cuando empiezan a aparecer cada vez más mujeres que no solo infringen las normas, sino que son admiradas y aplaudidas por ello. Lilian no pretendía ser una de esas mujeres rompedoras, pero no dudará en soltar los lazos cuando tenga que decidir entre las apariencias y seguir a su corazón, seguir a Andreas.
Vivirán años intensos, apasionados y revueltos. Traerán consigo costes. Tanto Lili como Andreas cambiarán y no todos los cambios serán a mejor. Solo una cosa permanecerá inalterable y es que de un modo u otro nunca dejarán de amarse. Esa es la historia que quería contar y espero que, cuando los conozcáis, también lo veáis así.
Aun cuando la portada es elegante e identificable para una historia romántica, diría- y esto es una opinión personal- que es demasiado genérica y que lo mismo podría tratarse de una novela ambientada en la Inglaterra del s. XIX como en Nueva York en 1915. Si pudieras elegir una imagen que fuera la carta de presentación de El último baile ¿cuál habrías elegido?
Me gusta el gesto tan delicado de la portada, pero coincido en que habría preferido que se identificase la época con solo echar un vistazo. Hay imágenes que todos relacionamos con esos años y en las que pensaba cuando imaginaba la portada. Algo así como “me encantaría que se pareciera a...” Pero también reconozco que hay pocas imágenes que trasmitan tanto como por ejemplo esta de Doisneau. Y ya no es solo la época, es la vibración, la emoción, el sentimiento que irradian esos dos desconocidos que se besan en un entorno gris.
Es una imagen inspiradora donde las haya y, cuando pienso en Lilian y Andreas, los imagino besándose así.
Es una imagen inspiradora donde las haya y, cuando pienso en Lilian y Andreas, los imagino besándose así.
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| Beso. Place de l`Hôtel de Ville, París. 1950 (Robert Doisneau) |
Desde este rincón, solo me resta dar las gracias a Marisa Sicilia por su tiempo y dedicación a preparar esta entrada.

Cuando leí Deux ex machina 2.0, de Mara Oliver, descubrí entre sus páginas una expresión que se quedó grabada en mi mente: Fortuna fortes adjuvat. La fortuna favorece a los audaces/valientes.
El último baile es una historia audaz, arriesgada, valiente. Lo es también Marisa Sicilia. Así que ojalá que esa expresión latina se cumpla. Y, como os prometía,
Marisa nos ha dejado una de las escenas que da nombre a la novela. Espero que la disfrutéis.
Serían casi las cinco de la madrugada cuando el maestro de ceremonias anunció la pieza con la que se cerraba el baile de debutantes. Había sido una noche larga.
Lilian miró inquieta hacia todos los lados y no lo vio por ninguna parte. Un temor que había tratado de obviar durante toda la velada la invadió: se había olvidado de ella, nunca había pensado en hacerlo realmente, Andreas seguía viéndola solo como la niña pequeña a la que podía tirar alegremente de las coletas.
Los primeros y melancólicos acordes comenzaron a sonar. El temor se convirtió en pánico. Pero entonces él y su sonrisa hicieron acto de presencia.
—Lili, mi querida Lili, ¿me concedes este baile?
Frente a sí, mirándola como si nada en aquel momento le importase más que ella. Andreas le ofreció el brazo y se inclinó imperceptible y gentilmente hacia ella. Lilian olvidó todas sus inseguridades y se sintió deshacer. Andreas era tan, tan guapo y, por si no fuera suficiente, poseía esa mirada cómplice y acariciadora con la que hacerse perdonar cualquier cosa. Además, ¿qué importaba que la hubiera hecho esperar? Lo que contaba era que por fin iban a bailar.
Con su habitual y tranquila seguridad la llevó hasta el centro del salón, donde el resto de parejas ya estaban danzando. Tomó su mano derecha, rodeó su espalda, la acercó con calidez contra sí y esperó a que Lilian apoyase la mano en su hombro. Después, siguiendo el compás de la música, la hizo girar como si careciese de peso o de voluntad.
Más que bailar, era como flotar.
Al principio no podía pensar. Lo había soñado tantas veces que, ahora que estaba sucediendo, su cabeza patinaba entre la realidad y la fantasía. Todos sus ensueños adolescentes comenzaban de ese modo. Andreas y ella bailaban y era tan maravilloso que el mundo desaparecía alrededor, no existían los músicos ni las viejas damas, ni los envarados oficiales con monóculo y barba de chivo. Solo Andreas y ella. Él la miraría como si fuese la primera vez que la veía y entonces se besarían. Y en ese instante sublime y preciso en el que sus labios se rozasen, todo cambiaría entre ellos. Ya solo vivirían para adorarse el uno al otro. Serían felices para siempre, igual que en los cuentos.
Y por fin el momento había llegado y Lilian tenía a Andreas más cerca de lo que lo habían estado en mucho tiempo. Al menos desde que dejaron de ser niños y ya no les estuvo permitido que él la volcase alocadamente sobre la hierba y rodasen el uno sobre el otro. Sí, hacía demasiado que añoraba la cercanía de Andreas y ahora de nuevo sentía su calor, su presencia, aspiraba su fragancia a madera, sándalo y musgo.
La misma fragancia de cuyo frasco usado y vacío se apropió una vez a escondidas para guardarlo como un tesoro, su pequeña posesión de la esencia de Andreas. Y sin embargo no era en absoluto comparable a respirar ese mismo perfume en su cuerpo, sobre su impecable frac de gala, tal y como lo sentía en aquel instante, embotándola por entero, llenando cada partícula de su ser, allí bailando en la Ópera, entre docenas de parejas que estaban solo para que ellos también estuvieran. Mientras la música se hacía cada vez más dulce y lenta y las luces se iban apagando poco a poco…
Sus miradas se encontraron. En realidad, Lilian no había dejado de mirarlo ni por un instante. Entonces fue cuando se dio cuenta de que él la había estado rehuyendo. Pero ya no lo hacía y Lilian pensó: ahora, tiene que ser ahora.
Solo que no ocurrió. El instante pasó y, en lugar de besarla, Andreas rompió la magia con la misma facilidad con la que podría haber roto una copa tallada en cristal de Bohemia: arrojándola contra el suelo.
—¿Cómo has dejado que te vistan así, Lili? No va contigo en absoluto.
Fue un jarro de agua fría sobre su cabeza. Sabía que se veía absurda, igual que una bailarina fuera de su caja de música. Pero oírselo decir a Andreas la hería.
—Todos me han dicho que estoy preciosa —saltó a la defensiva.
—¿Quiénes son todos? ¿Tu madre?
Lilian apretó la mandíbula. No iba a dar el brazo a torcer. Y menos con Andreas.
—Todas mis parejas de esta noche me han dicho que estaba preciosa.
Andreas valoró el desafío que destellaba en sus ojos. Ella se sentía en su derecho. Todos, todos sin excepción le habían dicho lo bonita que estaba. No importaba que fuese una frase de cumplido. Al menos habían sido lo bastante caballerosos para pronunciarla. Pero no Andreas. Andreas era diferente.
—Pero, Lili —dijo él con suavidad—, ninguno de ellos te conoce como yo.
Lilian vaciló, por sus palabras y por el modo en que la había mirado al pronunciarlas. Con un esfuerzo reunió el valor para preguntar.
—¿Y qué es lo que quieres decir con eso?
—Tan solo que esta no eres tú. Tú ya eres preciosa. No necesitas parecer otra.
Ahora, volvió a gritar Lilian, bésame ahora. Pero Andreas no debió escuchar su silencioso grito y ella se sintió obligada a justificarse.
—Solo hago lo mismo que las demás: vestido blanco y diadema. Es la tradición.
—La tradición… En este país podemos perderlo todo menos las tradiciones. Perdimos la guerra, perdimos el imperio, perdimos incluso al emperador. Ahora tenemos una república y sin embargo seguimos celebrando el comienzo de temporada como si los mismísimos Sissi y Francisco José lo presidiesen. Dime, ¿qué sentido tiene?
Lilian no supo qué contestar. Odiaba cuando Andreas le hablaba de política. Siempre pensaba que no sería capaz de dar con la respuesta correcta. Sin embargo, no estaba dispuesta a quedarse callada como una chiquilla boba.
—Tiene sentido porque es hermoso. Es una noche especial. No deberíamos dejar que las cosas hermosas se perdiesen.
Andreas se quedó mirándola mientras la giraba lentamente siguiendo el cadencioso compás de la música.
—¿Sabes, Lili? Por eso me gustas.
—¿Por qué? —preguntó ella con el corazón en la garganta.
—Porque en el fondo pensamos igual. Tampoco yo quiero dejar de disfrutar de las cosas hermosas, de las cosas que de verdad valen la pena.
Lilian lo miró dudando, rodeada como estaba por sus brazos, tratando de buscar en su rostro, tan cercano al suyo, la respuesta al significado de sus palabras. No estuvo segura de haberlo encontrado, así que lo que hizo en su lugar fue volver a desear con todas sus fuerzas que la besase, antes de que acabase el último baile de su noche de puesta de largo. Ahora. Ahora o nunca. Pero la apagada melodía que les había estado acompañando cesó por completo, las luces volvieron a brillar con fuerza y las exclamaciones de tristeza les rodearon. Tras un corto instante de desconcierto para ambos, Andreas la soltó despacio y le sonrió, un poco como si se disculpara, con su eterna sonrisa traviesa.
—Se terminó el baile, Lili.
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